Pedrosa del Príncipe, Parmo y Vega

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miércoles, 24 de agosto de 2016

La cantera de Santa Centola

Esta cantera, como tantas otras, se nutrió de mano de obra del bando perdedor de la Guerra Civil, utilizándose sus áridos calizos para la obra pública en carreteras, principalmente. Cuando no daba abasto la cantera del Risco de Quintanilla, se utilizaba esta otra, que además se ubicaba junto a la vía férrea del directo Burgos-Madrid por Aranda, que hoy languidece, pues solo cubre el trayecto Aranda-Puerto seco de Villafría, con convoyes de mercancías.



La cantera de Santa Centola, ubicada en el término de Avellanosa de Muñó, justo junto al puente de trazado sinuoso que salva la vía férrea, conserva algunas maltrechas construcciones de la época, tal vez barracones de los presos que debieron trabajar de forma forzada para redimir su pena. Hoy los conejos campan a sus anchas entre los matorrales y los restos del molino de piedra, la vieja cantera se restauró, cubriéndola con escombros, y a unos metros se instaló una moderna explotación de áridos, a la que se accede desde la carretera de Quintanilla a Villafruela, no lejos de un ramal de la Cañada Real Burgalesa, que atraviesa estas tierras boscosas, de encinas y sabinas centenarias.



Junto a un frente de cantera, encontramos una pequeña garita de hormigón, que bien pudo servir de almacén de los explosivos necesarios para extraer la piedra caliza, característica de la zona. Los mejores bloques irían para cantería: la mayoría de las viviendas de Quintanilla, Fontioso, Avellanosa, Iglesiarrubia, son de buena sillería, los yacimientos afloran en toda la comarca, por tanto la extracción es relativamente sencilla, y el mayor trabajo es el desbastado de la piedra, en Quintanilla de la Mata e Iglesiarrubia encontramos herramientas propias de cantería en algunos dinteles de viviendas, una vieja tradición que -salvo para algunos románticos- hoy no tiene ya continuidad.



Santa Centola es una santa muy poco conocida, y suele ir asociada a Santa Elena, pues las reliquias de ambas mártires se custodiaban en el municipio burgalés de Siero, junto a Valdelateja; el topónimo nos deja reminiscencias de un posible santuario o ermita en esta zona. Su onomástica se celebra el día 2 de agosto; al parecer se trasladaron sus restos mortales a la Catedral de Burgos en el año de 1317, aunque las cabezas de las santas se quedaron en Siero, lugar de su probable martirio en la época romana. Por su parte, Santa Elena es venerada no lejos de aquí, en Revilla Cabriada.


miércoles, 27 de enero de 2016

Muerte en los Hondones

16 de julio de 1910: fecha «fatídica» que aún nos recuerda un monolito de piedra caliza con una piadosa cruz inscrita, situado en el centro de un campo de cereal en el pago de los Hondones, dentro de la finca de la Andaya, un lugar que todavía conserva parte de su manto boscoso a pesar de las roturaciones en masa del último siglo; dos tercios de este monte de la Andaya pertenecen a Lerma, mientras una tercera parte entra en el término de Quintanilla de la Mata. La leyenda de piedra reza que en ese mismo lugar fue abatido por arma de fuego el guarda de campo Ramón Balbás Esteban, «traidoramente asesinado. Los dueños de la finca ruegan le encomienden a Dios».


¿Cómo ocurrieron los hechos? No hemos encontrado testimonios escritos en los periódicos de la época, así que nos limitaremos a ofrecer la versión oral de este asesinato. Algún tiempo antes del suceso, un cazador furtivo fue herido de muerte –voluntaria o involuntariamente, lo ignoramos- por el mencionado guarda Ramón Balbás, que se encontraba al servicio del Conde de Lascoiti, dueño entonces de la finca de la Andaya. El título nobiliario de la baronía de la Andaya había sido creado en 1891 durante la minoría de edad del rey Alfonso XIII (uno de los más calamitosos monarcas que ha sufrido este país), a favor de don José Patricio Fernández de Lascoiti y Sancha, a la sazón Licenciado en Derecho y Senador del reino por las provincias de Huesca e Islas Baleares; su madre, la Muy Ilustre Señora Doña Úrsula Sancha y Herrera, marquesa de Sancha, descansa en un noble panteón, en el cementerio de Lerma, se le concedió este marquesado en 1876 (que continuaría en la persona de su hija, Purificación Fernández de Lascoiti). En la baronía de La Andaya, le sucedió el hijo del anterior, don José Fernández de Lascoiti y Jiménez, en 1907 (y hasta 1936). Al parecer, y volviendo a los luctuosos hechos que nos trataban, el conde de Lascoiti protegió al guarda por su acción ante las autoridades judiciales, pero lo que no pudo evitar fue la emboscada en la que cayó éste por venganza de la muerte anterior, y que todavía se recuerda en el monolito.


Según el Servicio de Recuperación de Archivos de la Diputación Provincial, después de Balbás, fueron nombrados guardas particulares jurados del Monte de la Andaya los sres. Justo Obregón Andrés, oriundo de Villalmanzo, en 1913; Emiliano Cabañes Lope, en 1934; Eusebio Barbero Santillán, en 1940; y Marcial Pérez Ortega, en 1954.

El verdadero asesino confesó su fechoría en el lecho de muerte años después, para de esta forma exculpar a cualquier otro inculpado, pues el crimen nunca se llegó a resolver, admitiendo que se debió a una venganza por la muerte de su padre, «no busquéis a un inocente, que he sido yo», debieron ser las últimas palabras del hombre que acabó a sangre fría con Balbás. El suceso tuvo lugar la víspera de la boda en Quintanilla de la señora doña Avelina Mena Rodríguez, que debía dirigirse a la Andaya para comprar unos conejos y unas gallinas, y de este modo obsequiar a los invitados de la ceremonia, por lo que fue interpelada por las autoridades. Ramón Balbás contaba con 60 años de edad, era natural de Villovela de Esgueva, y se hallaba casado con Rosa Beltrán, con la que tuvo seis hijos. Hay que pensar que toda aquella zona sería mucho más boscosa en 1910, tender una emboscada entre dos fuegos era casi como coser y cantar. La pátina del tiempo en forma de líquenes cubre la memoria de este suceso luctuoso en los anales de Quintanilla de la Mata.

Panteón de la marquesa de Sancha, en Lerma