Pedrosa del Príncipe, Parmo y Vega

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miércoles, 23 de mayo de 2012

Quintanilla de la Mata: brujas pirujas

En todos los pueblos de la zona de Arlanza se respira una enorme paz. Uno no sabe si es a causa de la despoblación galopante, o si es que son los símbolos contra el mal de ojo, repartidos por muchos de los dinteles de las viviendas de la comarca, los que las protegen de todo mal. A Quintanilla lo llaman "el pueblo de las brujas", e investigando creo que localicé parte de la explicación.


A falta de testimonios escritos (yo al menos aún no los he encontrado), los testimonios orales quedan refrendados por la abundante simbología contra el mal de ojo, o las brujas, que viene a ser lo mismo en esta comarca supersticiosa y temerosa de Dios. Debajo, una esvástica en Fontioso:


Este tipo de cruces es más frecuente en Castilla de lo que la gente cree, y su simbología es simplemente de protección, como la cruz hexapétala o roseta, o la misma cruz latina, más políticamente correcta en nuestra cultura cristiana, que tantos ritos paganos absorbió y asimiló como propios.

El libro ya se publicó el año pasado, para los que tengáis interés en un 'resumen', os enlazo a una revista de etnografía, que recientemente ha publicado un artículo relacionado con el mal de ojo en la Comarca del Arlanza: http://www.funjdiaz.net/folklore/pdf/rf362.pdf

Y todavía hay más: las imágenes de Cuarto Milenio (octubre de 2011) que podéis descargar aquí: http://www.youtube.com/watch?v=EecmH4D2iY0


lunes, 21 de mayo de 2012

Este blog nace en mayo de 2012 para hablar de viajes, rules y garbeos por cualquier lugar que alimente mi curiosidad; aunque lo centraré en las comarcas burgalesas del Arlanza y Odra-Pisuerga, he decidido iniciarlo con un pequeño recuerdo a Casa la Vega, lo que en casa denominábamos como 'la campa', pues ésa era su mejor definición, un espacio amplio en el que nos desfogábamos los baby-boomers del Gamonal de los 70-80. Hoy sólo quedan los recuerdos.
He ilustrado el texto con una foto de la casona de 1930, extraída de un libro de fotografías antiguas de Carlos Sainz Varona:


En la ciudad en crecimiento de los años setenta, no había parques. Los columpios eran una rareza exótica para los arrabales de una urbe por cuyas calles aún transitaba algún rebaño de ovejas. Las madres cogían por las tardes a sus proles de rodillas negras para dirigirse a la campa de Casa la Vega. Detrás de los bloques de viviendas descomunales de Gamonal, en la calle Centro (absurdo nombre para una calle) se ubicaban las casas bajas y las lecherías, el olor a heces vacunas recientes lo impregnaba todo, y el camino empedrado nos llevaba por naves agrícolas protegidas por alambre de espino y tapias coronadas de vidrios cortantes. En el modesto río Vena existía una pequeña presa donde los niños nos bañábamos felices. Más allá del río se encontraba la Casa de la Vega o Casa la Vega, un paraje rodeado aún en parte de una muralla con un vistoso escudo nobiliario, que recordaba que en ese mismo lugar había estado alojada la reina de Castilla, Juana la Loca, en 1506, con el séquito funerario de su esposo, Felipe el Hermoso. La robusta casona con sus dependencias, situada en medio de la finca, impresionaba desde la distancia, pero sus campas eran un lugar de recreo ideal para aquellos hijos del baby boom que se entretenían jugando al balón entre álamos y castaños de indias.
Al otro lado del polvoriento camino que subía a «los pozos», el terreno era pantanoso: charcas y algunos manantiales, en los que se abrevaban los infantes con cierta precaución, pues también lo hacían las bestias, como se ha referido, nada infrecuentes en aquella época. Buscábamos renacuajos y nos escondíamos entre las junqueras. La especulación inmobiliaria acabó con todo: ni un recuerdo, ni una placa, todo desapareció bajo la pala voraz de alguna retroexcavadora, y el escaso atino de los nuevos planes urbanísticos.