Pedrosa del Príncipe, Parmo y Vega

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lunes, 23 de julio de 2012

Mazariegos

Pocas cosas hay más apasionantes, y al tiempo, más deprimentes, que un pueblo abandonado. Me encanta disfrutar del silencio de estos antiguos poblados, aunque también sufro pensando en todas esas historias personales que desaparecerán para siempre. El último aldabonazo del Gobierno "animando" al abandono de pueblos, es la Ley que obliga a unir ayuntamientos para hacerlos más "rentables", como si los concejales vocacionales de pueblos minúsculos se estuvieran enriqueciendo a costa del contribuyente, cuando en realidad la mayoría de las veces realizan trabajos no remunerados, y menos valorados.
Hoy he traído a colación el despoblado de Mazariegos, en la carretera de Salas, bajo la sierra de las Mamblas, tan evocadora de sentimientos maternos, como su propio nombre indica.
Quedan cuatro casonas ya desprovistas de techo, las crónicas cuentan que el pueblo se abandonó definitivamente en los años 50 del siglo XX, si bien tampoco tuvo una existencia fácil, pues fue Coto de caza particular. Tiene gracia, que uno de los dólmenes más importantes de la provincia, situado en su viejo término municipal, lleve su nombre, y que haya supervivido a la propia desaparición del pueblo (que, evidentemente, surgió después del dolmen).
Aún se mantienen en pie parte de las paredes de su iglesia gótica, dedicada a Santa Eulalia:


Como en tantos otros monumentos castellanos, el expolio tras la ruina no ha conocido límites. Además de lo que se han llevado aquellos ignorantes que gustan de decorar sus chalets con piedras bonitas, o bien talladas, ignorando si las han tallado hace diez o mil años, la valiosa pila bautismal (románica) fue a parar al Museo Arqueológico Nacional de la capital; mientras que su portada se destinó al recinto de la iglesia de Santa Cecilia de Salas, donde se trasladó en 1980.
Hoy, las vigorosas ortigas defienden la entrada al interior de la iglesia, y al minúsculo cementerio, que nos viene a indicar que Mazariegos nunca estuvo muy poblado, aunque -insisto, pues las sufrí en carnes- las ortigas protegen su paso, y las hierbas salvajes alcanzan la altura de un hombre de buena estatura.


El primer contacto que tuve con una iglesia abandonada fue en Tabanera, junto a Castrojeriz, desde entonces he visitado unas cuantas, incluyendo ésta de Mazariegos, Puentes de Amaya, o Santa Eulalia de Valdeorras, por citar sólo unas pocas; procurando ser respetuoso y mantener en todo momento la paz de todos aquellos que alguna vez transitaron por esos templos desolados, que resistieron enfermedades, pestes, y tantas y tantas generaciones de gente humilde, pero que sucumbieron a la peor de las plagas: el progreso.