Pedrosa del Príncipe, Parmo y Vega

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lunes, 19 de enero de 2015

Campos de Castilla



No resulta común encontrar un lugar para la oración en el interior de un campo de fútbol; lo que resulta algo ordinario para una plaza de toros o un hospital, se convierte en un ornamento excesivamente espiritual quizá para algo tan mundano como un terreno de juego, donde las invocaciones de los aficionados suelen ser bastante poco respetuosas con el segundo mandamiento de la Ley de Moisés.

Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el caprichoso Duque de Lerma, levantó en la villa burgalesa de la que tomó su nombre una serie de siete ermitas a principio de 1600 en la finca de la vega del río Arlanza que se desplegaba ante su fastuoso alcázar (que contaba con el privilegio del monarca –del que era valido- para izar las cuatro torres que hoy contemplamos, licencia sólo válida para reyes). Quien visitase cualquiera de esas ermitas, recibiría las mismas indulgencias que el peregrino que viajaba a Roma, lo que da buena medida del poder del valido, que terminaría sus días tomando el báculo obispal para protegerse de sus numerosos enemigos, como cantaría la coplilla popular: «el mayor ladrón de España, para no morir ahorcado, vistióse de colorado».

Resulta llamativo que la única ermita que se conserva de esa época de esplendor en la villa, la del Humilladero, se encuentre hoy adosada al campo de fútbol del Rácing Lermeño, denominado «Arlanza» e inaugurado hacia 1968, como si se tratase de una especie de último recurso para el jugador antes de perder un partido. El campo del Lermeño, se encuentra además adornado con numerosos pinos y otras coníferas que proyectan su agradable sombra sobre el césped, con publicidad de los comercios de la villa ducal, y con un curioso cartel a la entrada, que ruega a los señores espectadores «que aplaudan las buenas jugadas de ambos equipos», aunque no especifica que las malas también las pueden silbar.

Una de las liturgias de muchos campos de Tercera división como este, consiste en la rifa de un jamón o publicidad del equipo en el descanso, mientras los jugadores reciben las consignas de su entrenador, para mantener al público entretenido y con alguna perspectiva adicional a la de ver algún gol local; de esta forma, se sortean productos de chacinería a través de papeletas que se venden a la entrada del estadio. Se trata de uno de los momentos culminantes del partido: el anuncio del número ganador de la rifa, igual que el encendido ritual del puro (dos centímetros de espesor como mínimo), o la ingesta de un licor que ayude a digerir la comida que en ese momento es centrifugada por el estómago del aficionado.




El campo del Lermeño es uno de los más lucidos de la provincia de Burgos, además de la ermita anexa antes mencionada, desde su tribuna se aprecian unas inmejorables vistas del conjunto ducal, desde el Palacio hasta la Colegiata de San Pedro, y el campo se rodea de acacias y coníferas, que proyectan una agradable sombra sobre los aficionados que se congregan en sus bandas. El único problema es que los pinos además de sombra, de vez en cuando también proyectan piñas que caen aleatoriamente desde buenas alturas. Hace no demasiadas temporadas, una de esas piñas cayó a plomo exactamente sobre la mollera de uno de los más veteranos socios del Rácing, JSC, natural de un pueblo vecino, y cuya fidelidad al club es absoluta, rayando con el fanatismo religioso.

El aficionado quedó momentáneamente conmocionado por el violento e involuntario impacto del conífero fruto, haciéndose necesaria la presencia de las asistencias del club, que socorrieron con su agua milagrosa de la mejor forma posible al hincha, que llegó a perder el conocimiento. El partido debió ser suspendido por unos minutos hasta que el aficionado racinguista dio muestras de recuperación. Como no podía ser de otra manera, al despertar su primera pregunta fue la situación actual del marcador.



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